Los peligros de la obediencia

Stanley Milgram nació en Nueva York en 1933. Sus padres eran emigrantes judíos llegados desde Rumanía y Hungría y parte de su familia se vio afectada por el Holocausto. Aunque ahora es considerado como uno de los más importantes sicólogos del siglo XX, lo cierto es que en principio no estudio psicología, si no ciencias políticas. Fue su posterior interés por la materia lo que le llevó a cursar nuevos estudios que al fin le permitieron alcanzar un puesto de profesor adjunto de psicología social en la Universidad de Yale en 1960.

En esos años el mundo se asombraba con los descubrimientos de la barbarie nazi. Milgran, lejos de limitarse a asumir el horror transmitido en los hechos que se iban conociendo, necesitaba entender el por qué. ¿Cómo podían millones de alemanes haber sido partícipes de estas acciones? ¿Podría volver a repetirse algo así en otro lugar?

La gente común, simplemente al hacer su trabajo y sin ningún atisbo de hostilidad en particular, puede convertirse en parte de un terrible proceso destructivo. Es más, incluso cuando los efectos destructivos de su trabajo se manifiestan claramente, y se les pide que lleven a cabo acciones incompatibles con las normas fundamentales de su moralidad, son pocas las personas que cuentan con los recursos necesarios para resistir la autoridad.

El lenguaje ofrece numerosos términos para señalar este tipo de comportamiento: la lealtad, el deber o la disciplina son términos saturados de significado moral pese a que se refieren al grado en que una persona cumple sus obligaciones con respecto a la autoridad. Pero no se refieren a la “bondad” de la persona per se sino a la suficiencia con la que un subordinado cumple su función socialmente aceptada. 

La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.

Cita de “Los peligros de la obediencia”, tal y como apareció en Harper’s Magazine en 1974.

Adaptado desde “Obedience to Authority” de Stanley Milgram

 Experimento de Milgram

En 1961 ideó un experimento con un objetivo principal: descubrir el nivel de obediencia ante la recepción de órdenes que supusieran infringir dolor a otro ser humano. Se pidieron voluntarios para participar en un experimento en la Universidad de Yale, que decía centrarse en el estudio de la memoria. Se citaba a los participantes en grupos de dos, pues cada uno de estos debía desarrollar una tarea del experimento.

Al primero, elegido al azar, se le asignaba el papel de “el maestro”. Debía realizar preguntas al segundo, “el alumno”, preguntas cortas cuyas respuestas el alumno había tenido que memorizar previamente. El alumno se situaba en una habitación adjunta, pero separado del maestro. Podían oírse, pero no verse. Y cada vez que el alumno errara su respuesta o no contestara en un corto espacio de tiempo, el maestro debía producirle una descarga eléctrica como castigo. Según les explicaban, el experimento consistía en averiguar como el castigo, a través de las descargas eléctricas, favorecía el desarrollo de la memoria en el alumno. Las descargas eléctricas iban incrementando su intensidad con cada respuesta equivocada, desde los 15 hasta los 450 voltios.

Un tercer sujeto en el experimento, “el experimentador”, controlaba todo el proceso. Y en caso de que el maestro pusiera impedimentos para continuar le ordenaba hacerlo. Lo hacía hasta en cuatro ocasiones. Su primera orden transmitía un grado de autoridad bajo: “continúe, por favor”; y la cuarta transmitida un tono muy autoritario. Si tras esta orden el maestro se negaba a continuar se detenía el experimento.

En realidad, lo que los participantes no sabían era que las descargas eléctricas eran ficticias, el alumno, fuera de la vista del maestro, era un experimentador más y no recibía daño alguno. Sólo el maestro era objeto de estudio, y el aspecto estudiado era su predisposición a ejecutar las órdenes recibidas del experimentador, aunque ello supusiera dañar a otro ser humano.

Los resultados fueron sorprendentes: el 65% de los sujetos aplicaron la descarga de 450 voltios, y ninguno se negó rotundamente a continuar antes de alcanzar los 300 voltios, momento en que el alumno fingía tanto dolor recibido que ni siquiera podía responder a las cuestiones. Por lo general, eso sí, los participantes se ponían nerviosos a partir de los 75 voltios, momento en que el alumno iniciaba sus quejas fingidas. Pero era suficiente una orden del experimentador para que continuasen. Tan sorprendentes fueron las conclusiones que el trabajo universitario encontró grandes dificultades para su publicación, puesto en duda y no reconocido hasta años después. E incluso aún ahora hay quien cuestiona la ética aplicada en el desarrollo del experimento que, según éstos, podría desvirtuar los resultados.

Interpretaciones del experimento

El profesor Milgram elaboró dos teorías que explicaban sus resultados:

  • La primera es la teoría del conformismo. Un sujeto que no tiene la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones se basará en el grupo para la toma de decisiones. El grupo es su modelo de comportamiento.
  • La segunda es la teoría de la cosificación o de estado de agente. La esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se ve a sí misma como un eslabón de una cadena, un instrumento que realiza los deseos de otra persona superior, y por lo tanto no se considera a sí misma responsable de sus actos.

A lo largo del tiempo se llevaron a cabo nuevos experimentos en diferentes condiciones, estableciendo criterios que determinan el incremento o la disminución de la obediencia:

  • La proximidad de la autoridad incrementa notablemente la obediencia, mientras que la de la víctima la disminuye.
  • Cuando el sujeto no es el último ejecutor de la orden, si no un eslavón intermedio del mecanismo, la obediencia se dispara. La persona no se siente responsable de la acción.
  • Si un colaborador se opone o desafía las órdenes, la obediencia disminuye.

El problema de la obediencia no es totalmente psicológico. El tipo de sociedad y la forma en que se desarrolla tienen mucho que ver.

 

Quizás hubo un tiempo en que la gente era capaz de dar una respuesta totalmente humana a cualquier situación, porque estaban totalmente inmersos en ella. Pero tan pronto como hubo una división del trabajo, las cosas cambiaron. La desintegración social en personas que realizan trabajos muy concretos y específicos elimina la condición humana de la vida y del trabajo. Una persona no es capaz de conocer todos los hechos, si no tan solo una parte éstos, y es, por tanto, incapaz de actuar sin algún tipo de dirección. Se rinde a la autoridad, pero al hacerlo se enajena de su propio comportamiento.

 

Cita de “Los peligros de la obediencia”, tal y como apareció en Harper’s Magazine en 1974.

Adaptado desde “Obedience to Authority” de Stanley Milgram

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